Mostrando las entradas con la etiqueta © Claudia Blanco 2007. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta © Claudia Blanco 2007. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de septiembre de 2007

Entomología y transporte urbano

Vivo en el centro de Londres y trabajo en las afueras, esto me permite viajar sentada cada día.

Como el viaje es largo, me entretengo leyendo uno de tantos diarios que se distribuyen gratuitamente en las estaciones de metro cada mañana. Hay gente que se queja de la calidad de estos diarios, yo sin embargo los encuentros interesantes e instructivos.

Hoy sin ir más lejos, leí que había llegado a Inglaterra, como parte de un cargamento de maderas del sudeste asiático un insecto de rayas amarillas y negras, como una abeja, pero más flaquita.

Este bicho insignificante, es capaz de transmitir una decena de enfermedades mortales, aunque por lo visto, tenemos que agradecer al clima frío que reina en la isla, que esto no pueda suceder. Ya que el bichito en cuestión se encuentra a sus anchas en otros climas mas benignos y sobretodo más cálidos.

Desgraciadamente, tengo que interrumpir mi lectura; un bicho impertinente se posó en mi cara y tengo que apartarlo de un manotazo. El insecto cae al suelo; no es más que una pobre abeja desnutrida.

Mazorca moderna

La presentación del nuevo libro de la distinguida periodista del diario La verdad, Paula Artaolaza, Masitas a la hora del té, tendrá lugar en la sala capitular de la embajada argentina, el sábado 21 de junio a las 16 horas.

Dirección: Belgravia 19, EC1 W5D Londres

Los libros estaban apilados en una mesa de nogal del siglo XIX, de patas labradas y apliques de plata en los bordes. Adquirida hacía cinco años por la embajada, en una subasta de Christie’s, había pertenecido a Rosas; aparentemente había escrito toda su correspondencia en ella, durante su exilio en Southampton.

La sala capitular de la embajada, está situada en el primer piso del edificio, tiene grandes ventanales, protegidos de la mirada exterior por unas cortinas blancas semitransparentes, que dejan filtrar la luz. En las paredes, retratos de San Martín, Belgrano y Sarmiento observan los preparativos del té de las cinco.

Sarmiento examina los libros desde su rincón, con su eterna expresión severa.

San Martín, en cambio prefiere mirar por la ventana y Belgrano, parece hipnotizado por la araña de cristal de murano que cuelga del techo.

Es un día luminoso, la luz entra a raudales en la sala, donde el personal de servicio de la embajada dispone las sillas de terciopelo rojo para el evento. Los técnicos comprueban los micrófonos, uno para la periodista, y otro para el público, cuando se abra el turno de preguntas.

Masitas a la hora del té, es el segundo libro de Paula Artaolaza, y el primero publicado en el Reino Unido, con el patrocinio del gobierno argentino. Se trata de una recopilación de entrevistas a personajes de actualidad británicos, que la periodista había realizado durante un año y medio, mientras trabajaba como corresponsal en Londres para el diario La verdad.

Paula Artaolaza, siempre atenta a los detalles elegantes, encargó que se dispusiera en la sala adyacente, una mesa alargada, cubierta con un mantel de hilo bordado y vajilla tradicional inglesa, propiedad de la embajada en Londres. Varios platos de postre esperaban a los asistentes al evento con una selección de scones, sándwiches , masitas finas y secas.

El té, llegará más tarde, cuando la charla esté a punto de terminar. Con puntualidad inglesa, Paula había previsto, que su exposición más el turno de preguntas durase aproximadamente una hora. En ese momento, se abrirían las puertas que separaban la sala de conferencias de la sala adyacente, con la mesa dispuesta para ofrecer un té a sus invitados.

Paula comprobó su reloj, eran las cuatro menos cuarto, se miró en el gran espejo que quedaría a su espalda, cuando empezara a presentar su libro desde el atril. Todo estaba en orden; su trajecito color crudo de saco ajustado y pollera por encima de la rodilla, su melena corta, perfectamente peinada por el coiffeur Mariano, que viajó especialmente de Buenos Aires para la ocasión, y por últimos los zapatos de taco alto, en el mismo color que el traje, de Manolo Balhnik.

Paula observó fascinada este último artículo de su indumentaria; un capricho que le había regalado su novio, para celebrar la publicación en Inglaterra de su nuevo libro.

La periodista se dirigió al atril, donde la esperaban unas notas, en caso de que tuviera una laguna, y no supiese cómo seguir. Repasó los papeles, mientras un empleado cerraba la puerta que comunicaba la sala donde se serviría el té, de la de conferencias.

La gente empezaba a llegar y a sentarse, la periodista vio varias caras conocidas; el embajador de Uruguay y su esposa, el director del diario para el que trabajaba y el jugador de polo Marcelo Coghlan, sus amigos Jimena Bertini y Jorge Del Pino.

A las cuatro en punto, Paula dio la bienvenida a los asistentes al evento, y les agradeció su presencia. Explicó cómo le había surgido la idea de un libro de entrevistas a personajes relevantes del Reino Unido actual, una mañana que se dirigía a su oficina en la corresponsalía del diario La Verdad. Como estaba previsto en sus notas, pasó más adelante a hablar de las anécdotas más divertidas recopiladas en el libro.

Toda la charla duró, tal y como tenía previsto, media hora, momento en que dio paso a las preguntas del público. Como esperaba, se hizo un silencio de unos segundos, porque nadie se atrevía a romper el fuego con la primera pregunta, hasta que el propio embajador, le preguntó por qué había elegido ese título para su libro. Ella le respondió que la razón la descubriría más adelante, cuando lo leyese.

Siguieron más preguntas relacionadas con los personajes entrevistados, hasta que a las cinco menos cinco avisó al público que ésa sería la última pregunta, porque ella les había preparado una sorpresa, y no se podían demorar. Un hombre de pelo negro rizado y mirada huidiza, preguntó si iba a firmar los libros, Paula Artaolaza, contestó que por supuesto, que lo haría, pero que le sugeriría que lo hojease tranquilamente, mientras disfrutaba de una rica taza de té con scones.

Su sonrisa, fue arropada con comentarios de aprobación del público y aplausos comedidos, mientras dos empleados abrían la puerta que hasta ese momento escondía la sorpresa de la velada. La mayor parte de la gente, se dirigió a la mesa servida, sin reparar en los libros que quedaban dispuestos, en la mesita junto a la pared, en diagonal, al atril donde Paula había dado su conferencia.

Paula, reparó que la única persona que se dirigió directamente a la pila de libros, fue el señor morocho de cara sudorosa que le hizo la última pregunta.

La periodista, lo miró con reprobación, ahora no le quedaba más remedio que sentarse en la silla dispuesta para que ella firmara las dedicatorias a sus compradores.

A su izquierda un empleado de la administración de la embajada se encargaba de cobrar los libros.

-¿A qué nombre quiere la dedicatoria, señor?

- A nombre de *******

- Paula, sintió un fuerte dolor en los oídos al escuchar el sonido inhumanamente agudo que salió de su garganta.

Sorprendentemente, nadie se inmutó, como si no hubieran oído nada, seguían hablando mientras bebían té y comían masitas. Paula, no se atrevía a preguntarle su nombre nuevamente, pero algo tenía que escribir en la dedicatoria. Recobró la compostura y escribió: al señor que no le gusta el té, probablemente le guste el mate, cerró el libro y se lo entregó.

Por lo visto, el ver a una persona comprando el libro, tuvo un efecto dominó, que hizo que el público redescubriera cuál era la razón de su visita al barrio de Belgravia.

Este hecho logró tranquilizarla, como si la larga cola que ahora se había formado delante de la mesa de Rosas, la protegiera, de ese individuo perturbador.

Paula Artaolaza, se concentró en las dedicatorias y en recibir con una sonrisa agradecida los cumplidos provenientes de su público. Cuando estaba casi llegando al final de la cola, levantó instintivamente la cabeza, y miró en diagonal hacia la esquina a la izquierda de la ventana. Junto a la mesa del té, el hombre morocho hojeaba el libro, mientras sonreía. Este hecho pareció perturbarla gravemente.

De forma distraída, firmó los últimos libros, sin notar, que un murmullo creciente se apoderaba de la sala, hasta que la fuerza de la mirada de varias decenas de pares de ojos, la obligaron a levantar la vista, y prestar atención a los comentarios. Los asistentes al evento, la observaban con franca hostilidad; la mismísima esposa del embajador uruguayo le gritó, que a ver que broma era esa, acercando el libro muy cerca de la cara de la escritora.

Paula lo tomó en sus manos para ver cuál era el motivo de tanta crispación. Abrió los ojos, atónita al comprobar que el libro, su libro, estaba escrito en un extraño idioma que no podía reconocer. Se levantó de la mesa, balbuceando, que alguien le había jugado una mala pasada, y había cambiado los libros.

Una mujer de pelo oxigenado y piel curtida por el sol de Punta del Este, le gritó que era una estafadora, y que tenían que devolverle el dinero inmediatamente. Paula pidió tranquilidad, mientras se acercaba nuevamente a la mesa para comprobar los libros que quedaban sin vender, todos estaban llenos de los extraños caracteres. Angustiada, se dio la vuelta, para enfrentar a su público, cuando de pronto sintió un impacto en su pómulo izquierdo, a partir de ese momento le cayeron masitas rellenas de crema, de dulce de leche, sándwiches de queso y de pepino.

La furia se apoderó de los asistentes y no cesó hasta que se acabaron los proyectiles y los atacantes se fueron satisfechos de haberse defendido a tiempo. Lapidada por las masitas, Paula buscó una silla donde sentarse y comprobar el estado en que había quedado. Sentía un dolor fuerte en el pómulo izquierdo, donde había caído el primer impacto. También comprobó con rabia, que su traje estaba arruinado por las manchas de los diferentes proyectiles. Al mirar al suelo, comprobó con terror que sus zapatos estaban mojados y manchados de té.

Ante semejante tragedia, sólo le quedaba el desahogo de llorar largamente sobre el hombro de su novio, el embajador argentino en Londres.

(*) Mazorca: se conoce con este nombre a la matanza de enemigos políticos (unitarios) por parte del gobierno de Rosas (federales); se trata de una deformación de la pronunciación española de más horca.

Los federales, defendían una organización autonómica del estado, dando poder a las provincias; fue un movimiento de corte populista nacionalista. Rosas, aún hoy, es una figura controvertida en la Argentina, para unos fue un dictador sanguinario, para otros un nacionalista; algunas personas hacen un paralelismo entre su figura y la de Perón, que también es una figura controvertida.

Por otra parte, los unitarios defendían una concepción del estado centralista y se autodefinían como defensores del progreso y la civilización, podríamos definirlo como un movimiento político liberal conservador. Una de las figuras más relevantes de este movimiento fue el general Lavalle.

Sin embargo, y aunque resulte confuso, federalistas y unitarios los hubo tanto en las provincias interiores como en Buenos Aires, provincia que tenía en su poder la aduana nacional y que manejaba las relaciones exteriores del país, con el consiguiente mayor poderío sobre las demás.

Topaz

El martes a la noche, estaba a punto de dormirme cuando recibí un mensaje desconcertante de Genoveva:

I am in session with the english police, estoy en el calabozo como quien dice, no me dejan ver a mi doctor y encima me han hecho un análisis de sangre raro, cuando me acaban de hacer uno y estaba limpio; no me gusta nada esto. Estoy en Topaz Ward, detrás del Withington hospital, Darmouth hill, N19 5NX

No entendí realmente que le había pasado, ni porque estaba aparentemente en la comisaría, pero yo estaba muy cansada y Genoveva me caía bien, pero no era realmente mi amiga, tan solo una conocida. Así que apagué la luz sin responder a su mensaje o llamarla. Si realmente estaba en la comisaría, algo habría hecho, además no podía ser para tanto; Inglaterra es un país democrático, nada iba a pasarle en una cárcel inglesa. Ya tendría tiempo de llamarla al día siguiente para saber que había sucedido.

El miércoles a la tarde, al salir de trabajar, la llamé. Estaba muy alterada, pero pude entender que no estaba en una comisaría, sino en un centro psiquiátrico. Quise averiguar que la había llevado allí, pero Genoveva era incapaz de centrarse en responderme lo que le preguntaba y se iba por las ramas. Lo único que pude sacar de ella, es que había tenido una discusión con un vecino, pero por algo así, nadie acaba encerrado en un psiquiátrico.

Deduje que en realidad esa discusión, fue simplemente el detonador que hizo explotar un cúmulo de problemas que venía arrastrando hacia tiempo: una compañera de trabajo que le hacia la vida imposible para que se fuera del colegio donde daba clases; una madre mayor de la que se hacia cargo prácticamente en solitario y por último una orientación sexual poco clara; Genoveva decía a todas horas y aunque no viniera a cuento que ella era bisexual, sin embargo, mi sensación era que más bien era lesbiana pero que no podía asumirlo. Iba a terapia de grupo desde hacía tiempo, pero al parecer el tratamiento había fracasado.

Me pidió que fuera a verla, yo le expliqué que iría, pero que no estaba segura de poder llegar antes de las ocho cuando cerraba el horario de visitas del hospital.

Ella volvió a insistir que por favor fuera, que no se fiaba un pelo de esa gente y que temía que le pasase algo. Le aseguré que haría lo posible por llegar a tiempo.

Cuando llegué eran las 8.05, de todas formas le expliqué al hombre que estaba en la recepción que una amiga mía había sido ingresada en ese centro, probablemente el martes. Él me pidió que escribiera su nombre en un papel, lo buscó en una lista que tenía delante de él y me explicó lo que yo ya sabía; que a esa hora no iba a poder verla.

Le dije que al menos quería averiguar que le había pasado y preguntar los datos de contacto de su familia en España, para que vinieran a buscarla. El hombre de la recepción se apiadó de mí y me dejó pasar para que preguntara en la guardia Topaz que había pasado. Me informó que estaba en el primer piso.

Una vez que traspasé la puerta de entrada a las diferentes salas, me encontré con un laberinto confuso de múltiples pasillos, que a la vez se bifurcaban y terminaban en más guardias. Di un par de vueltas volviendo una vez más al punto de partida, donde un cartel indicaba los nombres de las distintas salas a derecha e izquierda, pero ninguno de los nombres de la lista, era el que yo estaba buscando. Pensé que tal vez el recepcionista se había equivocado al escribirlo, porque en la lista había un nombre muy parecido; Tordaz.

Iba a volver sobre mis pasos para confirmar si ese era efectivamente el nombre de la sala, cuando vi pasar a un hombre a mi derecha.

-¿Perdone, me podría decir donde está la sala Topaz?

- Si, seguro, yo fui paciente ahí.

Me acompañó hasta el ascensor y buscó en la lista Topaz, estaba en el primer piso. Me deseó suerte y se fue.

El primer piso era una reproducción de la planta baja, un pasillo a izquierda y otro a derecha, que a la vez se bifurcaban en otros, como las ramas de un árbol algo siniestro, desembocando en varias puertas cerradas, que eran las entradas a las diferentes salas. Pronto me di cuenta que cada sala estaba clasificada según la gravedad o tipo de enfermedad mental de los pacientes. No podía encontrar la que yo buscaba. Cansada de dar vueltas por los mismos lugares, me detuve en una de ellas y llamé al telefonillo.

-¿Perdone, estoy buscando la sala Topaz, pero no la encuentro, me podría indicar como llegar?

La enfermera pulsó un botón y me abrió la puerta, recorrí la distancia de unos cinco metros que había entre la puerta de entrada y la recepción interna de la sala Warex. Ella le hizo señas a un chico que se iba en ese momento para que me acompañara hasta Topaz.

- ¿Es la primera vez que vienes?

- Si, ¡y espero que sea la última!

- Bueno, nunca se sabe, podría ser efectivamente la última vez.

Me dejó en la puerta de Topaz y se despidió. Toqué el timbre y esperé a que me atendieran.

- Hola, soy una amiga de una paciente que esta ingresada en esta sala, Genoveva Pérez, querría saber porque la ingresaron.

- Eso no se lo puedo decir, porque no sé quien es usted.

-Por lo menos dígame los datos de contacto de su familia, para decirles que Genoveva esta aquí.

- Lo siento no se lo puedo decir, pero le puedo dar un número de teléfono para que hable con ella.

- No gracias, no me hace falta, ya tengo su teléfono móvil.

Genoveva me había contado que el teléfono del hospital se cortaba cuando estaba hablando con alguien, o se escuchaban unos ruidos raros en la línea, que era mejor que la llamara al móvil.

- De todas formas su hermano llega mañana de España.

- ¿Podría darle mi número de teléfono al hermano cuando llegue?

Se acercó lentamente a la puerta, la abrió y anotó en una libreta mi teléfono.

- Por favor dígale que soy una amiga de Genoveva, y que me llame si necesite ayuda con algo.

No podía hacer nada más, al menos de momento. Me dirigí al ascensor y bajé. Seguí el pasillo a mi derecha, pero no encontré la salida. Me dirigí a la izquierda y solamente encontré más puertas cerradas que daban a diferentes guardias.

Irritada llamé al telefonillo de la guardia Xoon. Mientras esperaba que me atendieran, pude leer que allí estaban ingresados los enfermos con trastornos psicóticos graves.

- ¿Me podría indicar la salida? No la encuentro.

La enfermera se acercó a la puerta.

- La salida está en la planta baja, un piso más arriba, situada tal cual estás ahora.

Nunca había tenido un gran sentido de la orientación, así que probablemente al apretar el botón del ascensor, no me di cuenta que ese era el sótano y no la planta baja.

Subí un piso y esta vez al salir del ascensor, si que pude ver las flechas que indicaban la salida. Llegué por fin a la puerta e intenté abrirla, estaba cerrada. Era tarde, la hora de visitas había terminado hacía rato, yo me había demorado mucho, primero en encontrar Topaz y después en llegar a la salida; seguramente ya no quedaba nadie más en el centro, salvo los pacientes y los enfermeros. Me sentí mareada, miré para bajo y apoyé una mano en la pared que estaba a mi izquierda. Cuando me sentí recuperada, levanté la vista y dejé caer mi brazo izquierdo; al hacerlo mi mano rozó una parte saliente en el muro; era el botón que permitía abrir la puerta de salida. Respiré todo el oxígeno que quedaba en el pasillo y salí.

En la calle el mundo continuaba, lloviznaba, los autobuses y los coches circulaban despacio. Tenía un paraguas en el bolso, pero preferí mojarme.

Me subí en el 271 y volví a mi casa, era tarde y al día siguiente me tenía que levantar temprano para ir a trabajar.

La rutina diaria me absorbió por varias semanas, hasta que caí en la cuenta que no había tenido ninguna noticia de Genoveva; decidí llamarla para comprobar si estaba en Londres. Me respondió su voz grabada en el contestador:

- ¡Buenos días, buenas tardes, buenas noches a todo el mundo!. Este año va a ser maravilloso, cuando me toque la lotería de salir de aquí. No os preocupéis por mí, que yo no he hecho más que preocuparme por vosotros. ¡Un beso!

Le dejé un mensaje pidiéndole que me contactara cuando pudiera; también le mandé un e-mail en caso de que estuviese en España.

Nunca más supe de ella.

Muerte

El barro de la espera,
en la parada del colectivo sesenta.
Las telarañas en las esquinas
de tus recuerdos.

La sombra del ombú y la de tu ausencia
entablan un diálogo sordo
de chacareras muertas.

La pregunta insistente
y la respuesta previsible;
tenia ochenta y cinco años,
dos más que mi viejo.

Darse manija, para sufrir
al pedo y por anticipado,
en el día de tu cumpleaños.

Cancioncita de la historia contemporánea argentina

En los noventa la pizza con champán

nos produjo una indigestión de varios millones de pobres

En los setenta, el río Ganges de Buenos Aires

no transportaba cadáveres, sino tan solo entelequias

como bien nos informó Massera.

En 1983 destapamos la olla

que arrojaba un olor fétido

que nadie quería oler,

intentamos cerrarla otra vez

En el 2001 las tapas de las ollas

se unieron en un concierto metálico

mientras los billetes volaban lejos, muy lejos

En José C. Paz ecos del pasado

intentan imponer su particular sentido

del orden y la limpieza

Hoy, volvemos a subir en el ascensor de los precios,

espero que no acelere mucho,

no sea que nos entre vértigo

y empecemos a vomitar otra crisis histórica.

Al ritmo de la libra esterlina

Grupo administrativo violento

te dedico una canción y te cobro dos rones

bacteria infecta de chocolates posh

me pondría mis orejereras de leopardo para no escucharte

pero hace demasiado calor

De mariposas y otros insectos

Quisiera escribir un cuento triste como un naufragio

y quedarme dormida en tu regazo

Llenarme la panza de flores e insectos

y vomitar malos pensamientos

Vestirme de carcajadas

y descalzarme de preocupaciones

dejar la mochila al borde del acantilado

y respirar alto y profundo mis sueños

abrir los pulmones al futuro

sin pensar en el próximo salto

nadar desnuda hasta la orilla

y dejar que el sol evapore mis heridas

mirar por un momento el horizonte

y retener en mis pupilas

el mundo infinito de posibilidades incumplidas

descansar en la arena pedregosa de tu compañía

dejar de llorar en sueños

y despertarme para escribir estos versos

quemando en una hoguera mis últimas angustias

Buenos Aires post mortem

Quiero estar muerta y enterrada

con mis huesitos desperdigados

en la tierra húmeda de la pampa

que me trituren las vacas de carne de exportación

rumiando mil veces

mi alma quebrada

quiero pero no puedo

convertirme en un polvo fino de arena blanca

que se escape irremediablemente entre tus dedos

incapaces de parar el tiempo